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miércoles, 3 de octubre de 2012

Verdades.


Acostumbrados estamos ya a escuchar grandes frases que dicen pequeñas cosas. Las usamos a diario; muletillas, escapatorias orales. Creemos tener una soberbia verbal que forzosamente no tenemos, y por si eso fuera poco, encima juzgamos a quién miente simplemente por hacerlo. A esto se le añade además la educación que hemos recibido, que nos dicta que lo correcto es decir la verdad por encima de la mentira. Ser plenamente veraces… ¿Serlo siempre? ¿Realmente es eso lo correcto?

Personalmente me muestro en desacuerdo con dicha idea. Si se supone que la plena verdad al cien por cien es lo que más conviene en todo momento, yo me pregunto… decir verdades tales como “Qué gorda estás”, “Qué feos tienes los ojos” o “No intentes hacer tal cosa, que no la vas a conseguir”… ¿realmente ayuda? Si una verdad no va a cambiar una realidad, ¿por qué insistir en ella? ¿no es mejor olvidarla y darla como un hecho y no como algo que haya que recordar? Una frase como las mencionadas se usan para herir, pero la verdad es honesta… ¿es entonces necesario usar siempre la verdad? ¿o saber elegir cuáles son las verdades  correctas?

Por otro lado se encontraría la interpretación que defiende que una verdad, por cruel o dura que sea, no deja de mostrar la realidad tal como es, sin tabúes. Incluso hay quienes afirman que a una persona decir siempre la verdad la hace más noble. Yo personalmente vuelvo a discrepar. Con todo esto no quiero decir para nada que defienda la mentira, que nunca hace bien. Pero una cosa es no mentir, y otra no hacer otra cosa que decir la verdad. Como con todo en este mundo, en la verdad no existen un blanco y un negro que sean completamente opuestos… una verdad y una mentira sin más. Existen grises entre los cuales se encuentra la humildad, o el respeto, que en mi opinión, siempre deben estar por encima de cualquier verdad con carácter ofensivo que pueda cambiar su finalidad positiva al enorme defecto de la arrogancia.

Y es que, en el fondo, todos sabemos que hay verdades que son innecesarias.

¿Verdad o no?

Alvaro Valadés.

viernes, 26 de agosto de 2011

Somos todos iguales... ¡Para qué! ¡Qué coñazo!



Desde pequeños, en el colegio, nos han enseñado siempre a todos una frase: “Todos somos iguales” Y hemos hecho de ella una coraza que usamos de protección cuando nos encontramos ante una situación que consideramos de “desigualdad” …
¿Pero acaso alguien se la ha creído alguna vez? ¿Nos hemos vuelto locos…? NO somos iguales.
Nunca lo hemos sido ni nunca lo seremos… Y ¡menos mal!
A pesar de tener todos claro que no es así, seguimos protegiéndonos bajo la maldita frase de las pelotas… Somos iguales. Vamos a dejarnos de tonterías… la igualdad no es lo que nos han querido transmitir que es.
A mí me ha pasado… a TODOS nos ha pasado que nos hemos frustrado y desmotivado por ser distintos a la gente que nos rodea… a nuestros amigos, e incluso a seres que clasificamos como nuestros ídolos. Defendiéndonos con la frase… “Todos somos iguales… Sí, ya, todos menos yo.”…. pues EXACTO.
Aquí viene la confusión de términos.. relacionamos “Diferente” con “raro” y “malo” cuando… ¡No es así! Hemos hecho que lo sea. Lo cual no es lo mismo. Y ¿por qué lo hacemos? Si a todos nos joroba la vida pensar en lo poco comunes que parecemos, por qué no intentamos ser como los demás… ¿Nadie se ha dado cuenta de por qué es imposible conseguirlo? Porque el ser humano es el único animal con la necesidad de distinguirse del resto de la manada. y digoNECESIDAD, no CAPACIDAD, porque es algo innato que nace con nosotros, no que decidamos.
Hay quien decide, y hay quien es… Yo soy delgado, lo SOY. Y yo soy estudiante, lo DECIDÍ. Y ante lo segundo puede haber variaciones, pero nunca ante lo primero. De esta frase creo que deberían partir los profesores y padres al enseñar a sus niños, y no con la sencilla frase de “Todos somos iguales”. No. Todos somos distintos en parte porque lo decidimos, y en parte porque así nacemos. Y de esa diferencia nace la igualdad de la que hablan.
Cuando una persona es muy diferente, cuando su personalidad no le permite ajustarse a lo común, es cuando nace la envidia, el odio, el insulto, el desprecio… Es algo que critico con todas mis fuerzas porque es algo que yo mismo he hecho alguna vez, todos hemos juzgado por las apariencias y a nadie nos gusta hacerlo. Más de una vez me he equivocado con los prejuicios, y muchas más se han equivocado juzgándome a mí, y a mis amigos, y a todo.
Pero en realidad no solo somos diferentes porque nazcamos o decidamos serlo, sino porque nos gusta… y ¡qué coño!, ¡nos divierte! Sería horrible que todos pensemos, vistamos y seamos iguales. Siendo así, no existiría la emoción al conocer a un alma gemela, o a una persona a la que amas. Ni admirarías, porque no habría nadie a quien admirar.
Por todo ello, yo sé que soy distinto, ¡y no soy el único! También mis amigos tienen algo diferente que a vista de los demás es un defecto, y a la mía se convierte en lo más interesante por descubrir de ellos. Soy especial, soy raro en el buen sentido… quizá el que más de mi entorno, porque soy el único que admite serlo. De modo que la normalidad se convierte al final en lo menos normal.
Así que me siento orgulloso de decir lo siguiente:
Soy Álvaro, tengo el pelo moreno, los ojos verdosos, mido 171 centímetros y peso nada más que 55 kilos, no tengo un cuerpazo y me arrancaría la naríz. Pero adoro mi físico, mi vida, mi gente querida y mi personalidad, que aunque no siempre reluzca al máximo, sé que es mi mejor arma en la vida.
Y sí, puedes llamarme diferente.
Alvalpaper.


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